Tengo 35 años, me acabo de separar, perdí mi trabajo y volví a la casa de mis viejos. De todas las cuestiones que acabo de enunciar, aún no estoy seguro de cuál es la que me molesta más. Supongo que lo más fácil sería empezar a descartar la que menos me jode. Creo que perder el trabajo, por las circunstancias en que se dio. Es decir, cuando uno trabaja en la empresita familiar del suegro, y su mujer lo engancha de trampa con la secretaria, el telegrama y la valija en la puerta son consecuencias lógicas y hasta aceptables. Eso hace que la separación y el despido sean una sola cosa. Y como a la neurótica de mi mujer (ahora ex) no la aguantaba más, acepto el precio de buen grado.
Eso me deja la edad y el regreso a casa. Lo de la edad es relativo: uno en general no se queja de tener 35 años porque, depende cómo se lo mire, no es tan grave. Es decir, si yo quisiera ser jugador de fútbol, por ejemplo, los 35 son trágicos. En el improbable caso de que aceptaran probarme en un club de primera división, y en el insólito caso de que me contratasen, podría tener, como mucho, unos dos años de carrera. Pero no es mi caso. Yo no tengo una pierna menos hábil, sino una más inhábil, que no es lo mismo.
Lo que jode de tener 35 es mirar hacia atrás y descubrir que uno, en la infancia o en la adolescencia, veía esa edad como algo lejano; pero fundamentalmente que uno al proyectarse hacia el futuro se imaginaba con muchas menos dudas y más cosas resueltas. Si, a los diecisiete, me hubiesen dicho que iba a probar sin éxito dos carreras y tres trabajos; que me iba a casar con una loca que encima se quedaría con la casa y que tendría que volver con una mano atrás y otra adelante a vivir con mis viejos; probablemente me hubiese decidido a vender collares en las playas de Brasil o sombreros en Jamaica, a tomar ron o caipirinha y a fumar porros hasta hacerme chino. Pero no lo hice: elegí el camino tradicional de estudiar, conseguir un trabajo aceptable, casarme con una buena mujer y alcanzar el sueño de una casa y un auto propio que pudiera vender cuando, ya jubilado, no me alcanzase para los remedios.
De más está decir que no salió como lo esperaba. Del estudio ni hablar; el trabajo era una cagada y mi mujer una bruja. No tengo ni auto ni casa, y acá estoy, otra vez en Alberdi, en esta casa donde parece que el tiempo se detuvo el mismo día que me fui. Para colmo está la sensación de derrota que encierra este regreso. Porque, seamos sinceros: volver a mi edad a la casa de mis viejos, después de un matrimonio truncado y sin laburo es, innegablemente, un rotundo fracaso en mi pelea contra la vida. ¿A quién voy a engañar? Es como volver de una pelea con los dos ojos en compota: todo el mundo sabe cómo te fue sin necesidad de preguntarte.
Qué quieren que les diga. Me llenaron la cara de dedos.